Foto de Campúa publicada en Mundo Gráfico el 7 de enero de 1920

El Centro de Estudios Montañeses se adhiere al recuerdo y la revitalización del gran novelista de la literatura española del XIX.

En la madrugada del 4 de enero de 1920 falleció, en su domicilio de la calle Hilarión Eslava, en Madrid, el gran escritor Benito Pérez Galdós. Cronistas y escritores de la época se hicieron eco de la fría reacción de las autoridades ante la desaparición del autor más importante de la época. Una frialdad que contrastaba con la del pueblo madrileño, que, en número de 30.000 personas, acompañó al féretro hasta el cementerio de La Almudena.

Pérez Galdós nació en Las Palmas de Gran Canaria, pero a los 19 años se trasladó a Madrid para estudiar en la Universidad Central la carrera de Derecho. En la capital entró en contacto con la Institución Libre de Enseñanza y el Ateneo, frecuentó las tertulias de los cafés y comenzó a publicar en la prensa local. Vivió en directo y ya como periodista los principales acontecimientos revolucionarios que acabarían desembocando en «La Gloriosa», la revolución de septiembre de 1868.

En los primeros años de la década de 1870 comenzó a pasar temporadas de verano en Santander, huyendo de los calores de la capital. Inicia entonces una costumbre que le llevó a adquirir un terreno cerca de la península de La Magdalena, donde años después pasaría las vacaciones estivales el rey Alfonso XIII y su familia. Con el tiempo, su presencia en Santander se dilatará más allá de los meses propios del verano y sería en su casa, «San Quintín», donde escribió algunas de sus obras y recibió a numerosas personalidades de la cultura, la prensa y la política.

Fraguó además estrechas amistades con algunos de los habitantes de la ciudad, como José María de Pereda, Marcelino Menéndez Pelayo y el director de El Cantábrico, José Estrañi y Grau. Amistad, esta última, que conservaron hasta el final de sus días, como recoge José Montero Iglesias en «Lealtad de dos genios. Pérez Galdós y Estrañi», que publicó el día 9 en Nuevo Mundo.

Artículo publicado el 9 de enero de 1920 en Nuevo Mundo
Vaciado de la mascarilla mortuoria de Pérez Galdós que se conserva en el Centro de Estudios Montañeses
Benito Pérez Galdós y José Estrañi, el pacotillero.

GALDÓS, UN HOMENAJE Y UN AGRAVIO

Francisco Gutiérrez Díaz
CENTRO DE ESTUDIOS MONTAÑESES

El 23 de enero de 1893, el chispeante periodista José Estrañi y Grau, redactor por entonces de La Voz Montañesa, publicaba una carta abierta en El Correo de Cantabria donde proponía se tributara un homenaje a Pérez Galdós con motivo del éxito que había alcanzado su producción dramática La loca de la casa. Eran ya veintidós los estiajes que el novelista canario llevaba pasando en Santander, y los cántabros le consideraban una gloria propia.
El 17 de febrero se reunieron en el salón de sesiones del Ayuntamiento diversos representantes de los periódicos locales con objeto de constituir una comisión organizadora, aunque no acudió nadie del recién creado diario La Atalaya. Los comisionados, entre los que estaban Estrañi y Albino Alonso Madrazo, pensaron en un doble agasajo, de la prensa por un lado y de los literatos con Pereda a la cabeza por otro, pero el autor de Sotileza prefirió unificar ambas iniciativas y se le encargó, por ello, la «alta
dirección» del acontecimiento, tras acordarse que este fuera íntimo e intelectual, con solo un discurso.
Elegida la fecha del 9 de marzo, Galdós llegaba a Santander unos días antes, algo indispuesta su salud. Pero mejoró, y la mañana de autos fueron a buscarlo a su casa, en el carruaje del novelista de Polanco, este, José Estrañi y Antonio Gutiérrez Cueto. En el Hotel Continental esperaban a la 1 del mediodía Enrique Menéndez Pelayo, Amós de Escalante, Víctor Luna, José Mª y Sinforoso Quintanilla, Federico de Vial y demás asistentes (hasta 32), magnífico ramillete de personas de muy distinta ideología política y, sin embargo, identificadas en una ejemplar amistad fruto del talento y del amor a las letras.
La mesa estaba primorosamente preparada, viéndose en ella dos monumentales colinetas cuyos remates aparecían adornados con cintas amarillas y encarnadas, cada una de las cuales llevaba inscrito el título de una obra de Galdós. Ocupó él la presidencia de honor, teniendo a su derecha a Amós de Escalante y a su izquierda a Enrique Gutiérrez Cueto, director de El Atlántico. La otra presidencia, frente a la citada, le correspondió al alcalde de Santander, Fernando Lavín Casalís, sentándose a ambos lados de él Pereda y Alonso Madrazo, director del Boletín de Comercio. En una cabecera comió el poeta Adolfo de la Fuente y en la otra Estrañi. Al descorcharse el champagne, el pacotillero se levantó para decir en nombre de la prensa que, estando acordado que solo fuera pronunciado un discurso que expresase «los sentimientos de todos los que se habían congregado para rendir tributo de admiración» al insigne literato, nadie se hallaba allí más autorizado que Pereda, «no solo por sus altísimos merecimientos literarios, sino por ser también, según la muestra, un gran organizador de banquetes».
Levantóse el polanquino entre una atronadora salva de aplausos y leyó la narración de costumbres montañesas que tituló Va de cuento,
diciendo después: «Tú, comensal perínclito, admirado compañero y amigo del alma: tú eres (y perdón el modo de señalar) el señorón pudiente y campechano; nosotros, los congregados en tu derredor para festejarte sin agredirte, los pardillos de la aldehuela, hombres de índole sana y animosos, muchos un tanto dados al vicio de las Letras y todos, en conjunto, admiradores fervientes de los grandes maestros, como tú, en el arte de cultivarlas… ». El discurso fue interrumpido varias veces por estruendosas carcajadas y sonoros aplausos, que se recrudecieron al final

Contestó Galdós hablando de gratitud, afecto y orgullo. Y añadió: «Grande es mi satisfacción, y bien lo saben cuantos me conocen, por haber hecho de este país mi segunda patria, y cada día me envanezco más de una resolución que me permite gozar de la hermosura de este suelo apacible y risueño, así como del trato leal de sus nobles hijos. Nacido en otros climas, mi destino quiere hacerme montañés de corazón. Diéronme carta de naturaleza 20 años de residencia accidental, y por fin mi definitiva vecindad, que espero ha de continuar en lo que me quede de vida (…). Concluyo manifestándoos que entre los muchos motivos de gratitud que en esta ocasión os debo, no es el menor haber elegido para interpretar los sentimientos de este noble concurso a un antiguo y querido compañero de fatigas literarias, maestro además, con quien me une inalterable y acendrada amistad. Él fue para mí revelador de la Montaña; sírvame también ahora para expresar mi profundo cariño a los montañeses».
El homenaje a Galdós en el Hotel Continental concluyó a las 4,30 de la tarde de aquel 9 de marzo de 1893, tras dedicarse un recuerdo cariñoso a Menéndez Pelayo, que no había podido asistir por hallarse ausente, y reírse los derroches de ingenio debidos al pacotillero. Catorce comensales, con Pereda a la cabeza, acompañaron en tres coches a D. Benito hasta su casa, admirando allí las bellezas y curiosidades que encerraba la mansión y, singularmente, el despacho del novelista.
Estrañi ordenó que las colinetas de flores que habían adornado las mesas del banquete fueran enviadas a los domicilios de los autores de Episodios Nacionales y Sotileza. Hasta escribió pacotillas al efecto. Una decía:


Pido aquí en mi sonsonete,
después de estar en un brete
por un consonante en ‘os’,
que se mande un ramillete
a la casa de Galdós.
Y todos diréis amén,
si aún inspiración me queda,
para pedir sin ser quién
que se mande otro también
a la casa de Pereda.


Tanto la prensa local como la nacional se hicieron amplio eco del homenaje. En El Atlántico, José Mª Quintanilla Martínez (quien firmaba Pedro Sánchez) insertó una crónica en la que, sin segundas intenciones, mencionaba la existencia de una mascarilla de Voltaire y del libro Socialismo contemporáneo de Lavelay en la morada de D. Benito. Y de ello tomó pie anónimo plumífero para incluir en el entonces reaccionario periódico La Atalaya el artículo «La Casa de Galdós» (11/03/1893), donde arremetía con malevolencia e ironía contra el escritor, tachándole de masón, y contra quienes le habían homenajeado, añadiendo que las obras del canario no se podían leer «porque son impías, escépticas y contrarias a la Religión».
El Atlántico, diario independiente, pero nada sospechoso de anticlericalismo, replicó mediante el suelto «Lo intolerable» (12/03),
protestando por aquel ataque visceral y destemplado. La Atalaya soltó otra andanada bajo el título «Los de Orbajosa» (13/03) en la que reproducía los severos juicios que Menéndez Pelayo había dedicado al autor de Gloria en los Heterodoxos, sin pararse a explicar que el polígrafo santanderino, aun con todo, se declaraba fiel amigo y admirador de aquél, a quien consideraba «hombre dulce y honrado». Será otro periódico local, El Aviso, el que reivindique a Galdós en «Y va de cuento» (14/03). Pero también replicará a este el diario integrista con «Tila. El mismo son» (15/03), donde, al tiempo que sigue cebándose con el ilustre escritor canario, ataca a los que visitaron su palacete, personas muchas de ellas de ideología política conservadora o incluso carlista, como era el caso de Pereda, y fervientes católicos casi todos.
El Atlántico se defendió nuevamente con el artículo «El hierro frío» (16/03), en el que decía que Menéndez Pelayo, de haber podido, habría asistido al homenaje a D. Benito, y que, a pesar de sus convicciones religiosas, mantenía sincera amistad con personalidades de distintas creencias. Respondió La Atalaya (17/3) con «Para terminar», que incluía fragmentos de la carta dirigida por el papa León XIII a los italianos el 8 de diciembre de 1892, en la que el pontífice se pronunciaba contra los tratos amistosos con sospechosos de pertenecer a la masonería y con quienes pretendieran conciliar las máximas evangélicas y las revolucionarias. Todavía hubo cuatro sueltos más, dos de una parte y dos de otra. El diario ultramontano llegó a pedir la intervención de la autoridad eclesiástica a fin de que dirimiera la polémica, que cerró su oponente con «Desistimos» (23/03), donde se reconocía impotente, ante la irreductible cerrazón de su colega, para convencerlo mediante argumentaciones basadas en el respeto y la tolerancia.
El propio Pereda, en carta enviada a Marcelino Menéndez Pelayo el 20 de marzo, le comentaba: «No te hablo del cisco armado aquí con motivo
de nuestro banquete a Galdós porque te supongo enterado de él, y principalmente porque ya apesta». La amistad del canario con sus admiradores santanderinos siguió intacta, y unos días después invitaba a muchos a una fiesta en su casa para presentarles la misma oficialmente. El verano anterior había morado en ella ya, pero la fue amueblando y decorando despacio, de modo que tardó en abrirla a todos. En un principio la llamaba Palacete Mpouapouah o Ranchería naturalista de Mpouapouah, mas pronto sustituiría tan pintoresca denominación por la definitiva de San Quintín.

Benito Madariaga de la Campa, nuestro recordado compañero y Cronista Oficial de la ciudad de Santander, dedicó muchos años a estudiar la vida y la obra de Pérez Galdós, fruto de lo cual son varias publicaciones que desde hace tiempo se puden consultar en la página del CEM, como consecuencia de su voluntad de que su obra quedara al alcance de cuantos quisieran consultarlo, para lo que se ha habilitado el siguiente enlace: http://centrodeestudiosmontaneses.com/2274-2/

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